martes, 4 de agosto de 2026


La primera vez que escuché hablar de ti no fue por tu nombre, si no a través de parajes inventados, extraídos de otras historias o novelas. Rivendel o la tumba de Boromir te llamaban, y yo me imaginaba mundos mágicos dónde perder mis pasos. Y así fue. Flanqueado por densos montes te abrías camino, salpicado por pantanos, embalses y ríos cargados de agua, generoso, invitando a conocer más, a seguir descubriendo el caprichoso paisaje que cambiaba a lo largo de tus senderos y montañas. 

Hoy parte de tu morfología, que a estas alturas ya forma parte de mí vida, sé que se ha perdido. Y es que el fuego no sólo ha arrasado montes y lo que ha encontrado a su paso, como si eso no fue suficiente. También se ha llevado una parte de ti mismo, de tu memoria. Porque no volverá a ser lo mismo. A estas alturas lo recreas en blanco y negro, color hollín. Y queda permanentemente unido a un dolor, a una pérdida. Esa fiera vestida de rojo se ha llevado por delante cotidianidad, pequeños placeres, familiaridad. Y lo peor de todo es que seguramente la hemos alimentado, de una forma o de otra, delegando en dirigentes corruptos, despiadados, insaciables, no preocupándonos lo suficiente, o dejando poner atención acerca de los que nos decía la madre naturaleza, no entendiendo lo que nos demanda.

Pero voy a intentar mantenerte en mi recuerdo tal y cómo te conocí. Verde, vibrante, pleno. Y quisiera conservarte así mucho tiempo más. Pero sé que la realidad me va a echar por tierra mis anhelos. Sin embargo, voy a hacer un esfuerzo por fijar ese paraje extraordinario que conocí, dónde he celebrado la unión a la persona que quiero, dónde he festejado, soñado, amado... Dónde me han brindado hogar y amistad. Me voy a agarrar con fuerza a ese recuerdo para mantenerte de esa forma. Vivo, fuerte, soberano. Así te preservaré.

Al pueblo de Pelayos de la Presa y a la Sierra Oeste. Mi refugio sagrado.

domingo, 19 de julio de 2026



Sagrado, mágico, transcendental, catártico.

Y es que en mar abierto, cuando aparecen, en medio de sus bailes, de sus piruetas, de sus juegos, todos juntos, en manada, algo te conmueve, te hipnotiza, y te sientes hermanado, a esos seres ajenos, lejanos a tí pero también confratenizados, unidos a la madre tierra, al universo, en el fondo muy cercanos. 

Porque cuando contemplas a unas criaturas tan bellas, en su hábitat, libres y soberanos, sientes que en realidad nos une un mismo camino, en lo más profundo de tu ser sabes que de algún modo estáis conectados. 

Después de una mañana de avistamiento de delfines en Sagres (Potugal)