domingo, 26 de diciembre de 2021

25. Navidad



Siete de enero, la Navidad había terminado oficialmente, y es que hasta no llegaba ese día para él seguía siendo fiesta. Al igual que el inicio de año, que pensaba que era en septiembre y no enero, hacer planes a largo plazo que coincidían con el período escolar y no con el uno de enero que era un paréntesis en medio del curso real de su personal período anual.

Así que tocaba retomar las rutinas, levantarse a las 7.00 de la mañana, preparar a los niños para ir al colegio, coger el atasco que le llevaba al trabajar, cumplir las 8 horas reglamentarias, hablar con Pepe y Juan del partido del anterior domingo, tontear lo que podía con Carmen, recoger a los niños, llegar a casa, hacer malabares para preparar la cena, recoger la ropa, dejar preparada la del día siguiente y por la mañana volver a empezar.

Pero cuando estaba tomando el café ese mañana, y aprovechando la media hora de silencio y paz que se dedicaba a sí mismo, escuchó un ruido. No sabía de dónde provenía pero le alertó. Volvió a oírlo, sí, era del piso de al lado, pero ahí en principio no vivía nadie. No le habría dado la más mínima importancia pero el impacto continuaba de una forma repetitiva y llamativa, como si alguien estuviera dando golpes en la pared. Pensó en ir fuera e inspeccionar la casa deshabitada, pero lo acabó descartando. El ruido seguía. De repente observó una grieta, que hasta ese momento le había pasado desapercibida, justo en la pared que lindaba con el piso de al lado. Era grande. Incluso penetraba un haz de luz. ¿Era posible que hubiera nuevos inquilinos y lo hubieran pasado por alto? La grieta era lo suficientemente grande como para ver a través de ella. Estaba alta, así que cogió una silla. No llegaba aún así, y tuvo que empinarse. Ahora sí, justo en el límite pero llegaba. El golpe cada vez era más fuerte. Con cierta angustia llegado ese momento quiso mirar, saber qué ocurría. Así que haciendo equilibrios para no caerse acercó cuidadosamente su ojo a la imprevista rendija.

martes, 7 de diciembre de 2021

24. Calendario

    

                                                     


Esa fecha en el calendario la enfermaba. Cuando se aproximaba se iba convirtiendo en una obsesión. La hubiera borrado del mapa sin dudarlo, la hubiese extinguido, pulverizado. Pero no, ahí estaba, ya quedaba menos.

Era la época en la que se suponía que todo el mundo debía de estar alegre. Sin embargo a ella le producía un vacío insalvable, y no era que le hubiera ocurrido algo malo o traumático en aquel período que tuviera que olvidar o superar. No, simplemente se sentía como el Grinch del cuento. Cuando veía a un niño contento y alegre saltando intentaba echarle la zancadilla, o incluso cuando sus papás se despistaban y estaba cerca, se acercaba al oído y les susurraba que los reyes eran los padres. Se marchaba corriendo mientras escuchaba de fondo un llanto o una voz increpándola, o incluso un niño delatándola a sus mayores. Pero para entonces ya se había perdido entre la muchedumbre. Le empezó a divertir tanto la tarea que se propuso intentar fastidiar lo máximo posible, durante ese periodo, a todo el que estuviera cerca.

Y lo iba consiguiendo. El broche de oro a sus fechorías lo culminó cuando por error un mensajero llamó a su puerta y le dejó un regalo que en realidad era de su vecina. El número figuraba erróneo en el paquete y se hizo la despistada al recogerlo. Firmó como la titular porque se sabía el nombre, y lo pasó dentro de su casa. La mujer a la que pertenecía era una señora mayor. Debía de ser de sus hijos o sus nietos. Lo sabía porque cada vez que se la encontraba por el pasillo le fastidiaba contándole que ese año la Nochebuena la volvería a pasar sola, que su familia no podía venir, pero que menos mal que le enviarían algún detalle que le haría sentirse acompañada.

Lo abrió y efectivamente, ahí había un dvd con el título “Para la abuela”, y también unos bombones, que se comió, y unos Christmas de felicitaciones, que tiró. Y ya tenía plan para Nochebuena, se abriría una botella de sidra y se reiría viendo el vídeo que le habían enviado a la vieja.

Estaba feliz, ahora le tocaba a ella, ja!. Divertirse, y lo iba a hacer. No aguantaba tanta cursilería y buenismo.

La fecha señalada llegó y no le faltó detalle. Varias latas de cerveza y sidra marca blanca del supermercado. Había encargado una pizza, ahí se extralimitó, pero al fin y al cabo era Nochebuena, no?

El timbre sonó. Qué poco han tardado esta vez, se dijo. 

Pero en lugar del pizzero era Concha, su vecina.

-             - Perdona que te moleste a estas horas y este día. No sé si estarás sola, pero resulta que he comprado unos gambones y he hecho carne al horno y me pregunto si te gustaría pasarte a tomar algo. Ya sé que pasar este día con una mujer mayor no es lo ideal, pero si estamos solas las dos, ¿por qué no compartir? - le dijo.

-              -  No sé que decirle Concha.

-           - Me imagino que no te lo habrías planteado, pero me gustaría invitarte. Además no sé qué ha pasado que el regalo que me envían todos los años mis hijos no ha llegado, y estoy afligida.

-              - Lo siento de verdad, pero ya he encargado una pizza y estará al llegar.

-             - De acuerdo. ¡Feliz Navidad Susana, pasa una feliz noche en cualquier caso hija!.

Cuando su vecina se marchó cerró la puerta tras de sí. Se le cayó el alma al suelo cuando pensó que la felicitación que le había enviado su familia estaba puesta en su dvd para “gozarla” ella aquella noche. Lo detestaba, toda aquella zalamería no le gustaba nada, sin embargo no podía hacerle esa faena a esa mujer. No iba a rehacer el paquete, pero podía podía ponerle remedio de otro modo.

Así que se pintó un poco los labios, cogió un gorrito de Papá Noel que le habían dado en el trabajo, y con la sidra del supermercado en las manos llamó la puerta de su vecina para celebrar eso que tanto odiaba y se llamaba Navidad.


martes, 23 de noviembre de 2021

23. Libertad y felicidad

 

                    


Cuando aprobó la oposición nunca imaginó eso. Que su vida consistiría en hacer turnos infinitos y unas rutinas tan duras. Que sí es cierto que cuando empalmabas varios días libres podía ser una maravilla, pero el tiempo efectivo de trabajo muchas veces se convertía en un infierno. Sus funciones consistían en mantener el orden y la seguridad, controlar situaciones tensas, registrar celdas... Todo lo hacía con mucha entrega y profesionalidad. Era puntual, el uniforme siempre impecable y tenía un trato amable y parco a la vez con los reclusos, que era un poco lo que el trabajo le exigía.

Hasta que se cruzó con Sebas. Cuando lo conoció estaba terminando el segundo grado y a punto de empezar a disfrutar de ciertos permisos penitenciarios. Tenía el pelo largo y rizado, y un moreno que hacía su cuerpo esculpido aún más deseable. La ronda de su celda siempre intentaba hacerla rápido, no quería pararse demasiado allí. Sebas era latino, no sabía de dónde, hasta que se enteró de que era hondureño. Era simpático y hablador. Raúl procuraba no intimar demasiado, pero su carácter cortés y su, inevitable, curiosidad hizo que acabasen congeniando. 

En un principio eran unos minutos más los que pasaba en su celda, con alguna excusa de una ronda más a fondo, o ya simplemente porque empezaron a contarse sus andaduras. Ahí descubrió que Sebas había ingresado por un robo a mano armada. Cuando llegó a España era un crío y no frecuentaba buenas compañías, así que acabó atracando y tomando como rehén a la dueña de una joyería. La condena fue de tres años. 

A Raúl le encantaban sus manos, mientras le explicaba las movía mucho. Hasta los paseos en el patio los empezaron a dar juntos. A veces eso ocurría. Los funcionarios de prisiones y algunos internos hacían buenas migas. Pero esto se estaba yendo de las manos. Lo intentaban disimular, incluso Raúl solicitó un cambio de módulo. Sin embargo, entre que se lo daban y no, ocurrió. 

Estaba terminando su turno y vio como Sebas entraba en el baño. Sabía que estaba despejado, lo había revisado hacía apenas unos momentos. Y se dirigió allí. Cuando Sebas salió del retrete y lo vio enfrente mirándolo no se lo pensó. Se acercó a él y agarrándolo por el cuello lo empezó a besar. Fue un beso apasionado. Volvieron a uno de los retretes y cerraron la puerta. No tardaron mucho. Sabía que se jugaban una sanción ambos. Cuando terminaron salieron por separado.

Raúl finalizó el turno y se marchó a su casa. Tenía un fuego y una euforia dentro que no paraba quieto. En el coche la música sonaba a todo volumen, sus piernas se le iban y su pensamiento, recordando los momentos entre rápidos y acelerados a la vez que tiernos y torpes, le hacían ponerse otra vez a cien. Se le iba a salir el corazón del pecho, era la primera vez que tenía una relación homosexual. 

Al día siguiente, al llegar al trabajo le dijeron que se presentase directamente en dirección. Esta vez volvía a golpearle el corazón con fuerza, pero no era de subidón. Lo que hizo la directora de la prisión fue confirmarle el cambio de módulo.

-          Por un lado sintió alivio, creyó que alguien los podía haber visto. Pero por otro la rabia y la impotencia lo invadía - No puede ser,  no puede ser, justo ahora...- se decía a sí mismo mientras apretaba los puños dentro de los bolsillos. 

Pasó un día angustioso. Quería volver a ver a Sebas. Lo deseaba tanto, dios, no era normal.

Las semanas pasaron a ser anodinas sin su presencia. Hasta que un día un recluso mal hablado y chaparrito se acercó a él.

-         -  Me dan esta nota del Módulo 1 para que te la pase. Creo que es de amor – y se marchó riendo. 

Raúl pensó que iba a morir de emoción en aquel instante. No obstante esperó a un momento tranquilo para abrirla. Y sí, era Sebas!!

“Este fin de semana voy a disfrutar de mi primer permiso, y de la libertad y felicidad de la que tanto hemos hablado.. y estaría encantado de volver a verte ¿te gustaría?- le preguntaba- Si es así te espero este sábado a las 7 en el bar de Ensanche, creo que sabes cuál es. No faltes. Sebas”.

Arrugó la nota sin darse cuenta. No daba crédito, estaba exultante. Pero seguía trabajando, tenía que contenerse. 

Era lunes. Lo primero que hizo cuando volvió a la taquilla fue empezar a tachar los días que quedaban en el calendario que colgaba de su puerta.

A Tony.

domingo, 14 de noviembre de 2021

22. Sola

 


 

Solaaaaaaaa!!! Como en la canción que cantaba Marta Sánchez de Olé Olé por fin se iba a quedar sola en casa. Sus padres se marchaban el fin de semana al pueblo y le iban a dar oportunidad de no acompañarlos.

No cabía en sí de la emoción. Telefoneó enseguida a Marta.

-          - ¡Esta noche fiestón! – le dijo- iba a hacer algo en casa pero prefiero salir!!.

-              - ¿Seguro? – le preguntó Marta.

-             - Sí, voy a aprovechar que no tengo toque de queda.

Así que en cuanto el coche de sus padres arrancó y lo vio alejarse comenzó a arreglarse. Se amenizó con un disco de Luz Casal que le encantaba a su madre.

     - ¡¡Rufino me invita a jugar al casinooo!!!- canturreaba mientras terminaba de acicalarse.

Con las medias de malla y el pelo lleno de laca salió de su casa. Había quedado con las chicas en el bar de Pablo, como siempre. Allí tomarían algo y luego a la disco.

 Pablo siempre las miraba con desdén, las veía como unas criajas, y Lucía en realidad estaba loca por sus huesos.

-           -  Que te vas a quedar atontada- le dijo Marta- no le quitas los ojos de encima.

-          -  Hoy voy a ir a por todas- le respondió Lucía- aprovechando que mis padres no están.

-           -  Solo se fija en las mayores, a nosotras nos ve como unas niñatas.

-           - Eso lo veremos- le contestó mientras dejaba el vaso con seguridad intentando creerse sus propias palabras.

Pero cuando llevaban unos minis a Lucía ya se le había olvidado Pablo. Llegaron a la discoteca con ganas de darlo todo en la pista, y lo hicieron. Allí sonó desde George Michael hasta Rick Astley, pasando por A-ha, Tears for fears y Cindy Lauper. El éxtasis vibraba en la pista, Marta, Charo, Laura y Lucía se abrazaban mientras no paraban de saltar.

-          - ¡¡Girls yas wan jav fannn!!- gritaban, no sabían ni cómo se pronunciaba ni lo que estaban diciendo, pero era como un himno para ellas.

-           - Por allí está Pablo y está mirando hacia aquí- le dijo de repente Marta a Lucía.

             -  Hoy creo que me da igual, ¿vamos a ver si nos podemos pedir el último cubata?

-           -  ¡Venga!- respondieron las cuatro al unísono.

Juntaron las monedas que les quedaban y camelándose al camarero que estaba en la barra consiguieron que les pusiera la copa.

Apuraron hasta el último sorbo, y en cada trago cada una proponía un brindis.

          - Porque te quedes más fines de semana sola Marta.

-          - ¡Porque perdamos la virginidad!- vociferó Charo.

-                - Por seguir viniendo a bailar a la Punisher.

-            -  ¡Salut!- gritaban al aire simulando tener todas un vaso.

La música paró en seco y se empezaron a encender todas las luces. ¡Eran las seis de la mañana!, no se lo podían creer. Se fueron tarareando y haciendo eses. Lucía y Marta que vivían cerca fueron las últimas en despedirse:

-           -  Mañana más guapa, que todavía queda fin de semana.

-           -  Vas a desear que llegue el lunes- dijo Lucía ondeando su mano mientras le decía adiós.

Cuando llegó a su casa todo le daba vueltas. Acabó abrazada a la taza y con una sonrisa de oreja a oreja. Al día siguiente la cabeza le retumbaba y un eco de resaca le recorría todo el cuerpo dejándole un poso de libertad y felicidad.

 

 

 

 

 

miércoles, 3 de noviembre de 2021

21. Vida


La llamaron Aymara que significaba “la que acoge en su casa” o también “inmortal, la que siempre vuelve a la vida”. Y eso parecía hacer desde pequeña, volver a la vida después de meterse en infinidad de líos y desastres. Tan solo contaba con seis años entonces, pero ya conocía, y era más que conocida, por todos los miembros de la tribu. 

Cuando su madre no la encontraba acudía primero a la choza de la hechicera. Le encantaba jugar con sus plantas o escuchar las historias que la bruja le contaba, se podía quedar embelesada horas con los cuentos de esa mujer. Si no iba a la choza de Anahí, una de sus mejores amigas. Por último recorría los alrededores temiendo que se hubiera alejado demasiado, y se hubiese acercado al barranco con el que limitaba el pueblo o que, tal vez, un animal que doblase su tamaño se hubiese cruzado en su camino.

Aquella noche, sin embargo, Aymara y su familia, su papá y su mamá, estaban tranquilos junto al fuego. Habían terminado de cenar y reposaban echados mientras su papá le contaba una leyenda guaraní para que conciliase el sueño. 

Nadie les oyó llegar, lo hicieron por la noche con alevosía, aprovechando la oscuridad y que todo el mundo en el poblado estaba descansando y era más indefenso ante el ataque. Primero quemaron las tiendas, a muchos les dio tiempo a salir, despertándose con el humo y las llamas. Se quedaban fuera horrorizados viendo todo arder.

A Aymara y a sus padres les sobresaltó quedándose dormidos. Enseguida Asrael, el papá, cogió a su mujer Balanca y a la pequeña e intentó esconderlas.

   - Quedaros aquí detrás de este árbol, yo intentaré ver que pasa y volver a por ustedes.

             - Pero papá..- gritó Aymara asustada mientras se agarraba a su mámá.

Balanca la abrazó fuerte mientras la protegía e intentaba impedirle ver lo que estaba ocurriendo  a su alrededor. Pero el refugio no pareció ser el adecuado. Un hombre vestido con un traje que brillaba las descubrió,  y cogiéndolas a las dos bruscamente, se las llevó arrastrándolas. Balanca soltó a su hija Aymara y le susurró:

      - Corre Aymara corre. Corre como lo sueles hacer, vete al bosque, más allá de la montaña, y busca refugio allí. 

Mientras Aymara soltaba la mano de su mamá, gimiendo e intentando no alertar al hombre que se la estaba llevando percibió la destrucción alrededor, el olor a sangre y a cenizas, entre los gritos y el llanto, y entendió que debía hacer lo que su mamá le acababa de decir.

Se dio la vuelta y echo a correr. Corría rápido e intentaba no fijarse en lo que iba encontrándose a su paso.

Corrió y corrió, tropezó un par de veces, pero se levantaba y seguía corriendo, hasta que llegó un momento en que dejó atrás todo el estruendo que se había originado. Fue cuando paró para recobrar el aliento. Al mirar atrás lo que pudo divisar desde fue humareda y silencio, y entonces lo comprendió. No volvería a aquel lugar, no vería más a la gente que había conocido hasta ahora, a partir de ese momento tendría que continuar caminando sola.

 

martes, 19 de octubre de 2021

20. Hogar


 

Llegó a ser una obsesión tener el hogar reluciente. Se levantaba por la mañana y lo cuidaba como si fuera su vástago. Tarareaba mientras lo hacía y, cuando observaba el resultado, siempre se sentía reconfortada. 

En el momento de ir a hacer la compra presumía delante de sus vecinas:

-          - Pues he descubierto un nuevo producto, deja todos los embellecedores como recién estrenados.

-           - ¿Y cómo lo haces Conchi?, ¿para tener tu casa como el primer día?

Antes de contestar se sonreía hacia dentro y se regocijaba contemplando las caras que la admiraban como si fuera una estrella de cine.

-        - Pues creo que el secreto es amor, cariño y empeño en lo que haces. Esfuerzo y saber que casa solo hay una, que es tu refugio y el de tu esposo, lo demás sale solo.

En algunas ocasiones había algún comentario maligno que intentaba emborronar sus hazañas, como que no tenía hijos, y que por eso podía dedicarse a tenerlo todo como los chorros del oro. Y aunque no podía evitar que a veces no le afectase, pronto volvía a su tarareo mental para alejar los malos chismes.

Y así continuaban sus pulcras rutinas con las que tanto disfrutaba, o al menos así lo veía.

-         - Manolo, ¿estás en casa?

Corría vaporosa a esperarlo cuando lo oía entrar, aunque no le gustaba que pasara eso, siempre procuraba, sobre las 7.30 que era su hora de llegada, estar frente a la puerta con su mejor sonrisa para recogerle la chaqueta y preguntarle cómo había ido el día.

       - Sí ya estoy aquí- le contestó él sin mucha gana.

Conchi recogió sus enseres y le dijo que la cena estaría lista a las ocho.

-          - Voy a asearme un momento- le respondió Manolo. 

Conchi terminó de preparar la mesa y, aunque había notado a Manolo cabizbajo y más evasivo que otras veces, no le dio importancia, habrá sido un mal día, elucubró, justificándole y sin querer plantearse preguntas tristes o incómodas que empañasen ese remanso de felicidad “constante” que se respiraba en su morada.

-          - ¿Todo bien cariño?

-          - No tengo demasiada hambre hoy Conchi.

-          - ¿Y eso?

-       - Tengo que hablar contigo y quiero que me escuches, no como haces otras veces.

-           - Pero, ¿y el pollo? Se va a enfriar.

-         - Es importante esta vez, no lo puedo posponer más.

-     - Al final te lo tengo que calentar en el microondas y sabes que no es igual.

-           - Me voy de casa Conchi.

-            - Te lo caliento.

-            - ¡Me voy de casa Conchi!

Conchi, deprisa y corriendo cogió el plato y se lo llevó para calentarlo mientras intentaba entonar su recurrente cancioncilla. 

Manolo había ido hasta la cocina, y se disponía a continuar hablando cuando, y sin más preámbulo, notó como las tijeras de trinchar el pollo se clavaban en su cuello. 

Y así, desangrándose sobre las baldosas, pudo contemplar que su mujer había sacado todos los utensilios de limpieza y que se disponía a recoger, mientras le increpaba por haber ensuciado, los últimos alientos de su higiénica vida.


martes, 12 de octubre de 2021

19. Umbral

 


Podía sentir la ingravidez. Dentro de aquel espacio y entre movimientos viscosos y esponjosos era como si flotara. De vez en cuando algo retumbaba en el interior y entonces se extrañaba, qué estará pasando? Y encogía sus manos o se plegaba aún más en la misma postura que replicaba ya desde hacía varias semanas.

Un día, en el que llevaba un tiempo indeterminado sin estar consciente, algo la cegó. El remanso de paz y de quietud se vio alterado por una ráfaga, un haz de luz que hasta entonces no había experimentado. Se agarró a la prominencia a la que estaba conectada, le daba seguridad, y esperó a que todo volviera a ser como antes, antes de que aquello desconocido la hubiese perturbado. 

Lo que ocurría a menudo, y sí le gustaba, era el eco. Un eco familiar que resonaba de vez en cuando. Se convertía en una vibración que la reconfortaba. Algunas veces era muy rápido, otras más sosegado, y en otras ocasiones era una agitación que acompasaba sus pequeños movimientos, podía percibir los acordes y los acompañaba dentro de aquel escondite.

También notaba el calor, que era como una opresión calculada y medida que la mecía y la balanceaba. Jugaba y reía cuando lo notaba y, en ciertos momentos, casi al final, ese calor le provocaba algo en la piel, una sensación que no quería que terminara.


Hasta que de repente sin previo aviso sintió como se desequilibraba, algo la sacudió. Su hábitat natural comenzó a desaparecer, se iba vaciando. Intentaba agarrarse al espacio conocido hasta entonces, pero éste se iba consumiendo, era dolor, miedo e incertidumbre, lo que también se derramaba por el súbito agujero.

Y se acordó de la vibración, y del agradable calor que muchas veces la mecía y, pensó en empujar, no sabía si era la mejor idea, pero creyó que debía hacerlo. Así que apretó, y percibió que no estaba sola, que había alguien más en esa tarea, tenían que remar al unísono, sabía que tenía que hacerlo. Enfocó sus energías en llegar al otro lado, y cubierta de sangre, sudor y líquido amniótico logró cruzar el umbral y salir de lo que hasta ese momento había sido su hogar.