La primera vez que escuché hablar de ti no fue por tu nombre, si no a través de parajes inventados, extraídos de otras historias o novelas. Rivendel o la tumba de Boromir te llamaban, y yo me imaginaba mundos mágicos dónde perder mis pasos. Y así fue. Flanqueado por densos montes te abrías camino, salpicado por pantanos, embalses y ríos cargados de agua, generoso, invitando a conocer más, a seguir descubriendo el caprichoso paisaje que cambiaba a lo largo de tus senderos y montañas.
Hoy parte de tu morfología, que a estas alturas ya forma parte de mí vida, sé que se ha perdido. Y es que el fuego no sólo ha arrasado montes y lo que ha encontrado a su paso, como si eso no fue suficiente. También se ha llevado una parte de ti mismo, de tu memoria. Porque no volverá a ser lo mismo. A estas alturas lo recreas en blanco y negro, color hollín. Y queda permanentemente unido a un dolor, a una pérdida. Esa fiera vestida de rojo se ha llevado por delante cotidianidad, pequeños placeres, familiaridad. Y lo peor de todo es que seguramente la hemos alimentado, de una forma o de otra, delegando en dirigentes corruptos, despiadados, insaciables, no preocupándonos lo suficiente, o dejando poner atención acerca de los que nos decía la madre naturaleza, no entendiendo lo que nos demanda.
Pero voy a intentar mantenerte en mi recuerdo tal y cómo te conocí. Verde, vibrante, pleno. Y quisiera conservarte así mucho tiempo más. Pero sé que la realidad me va a echar por tierra mis anhelos. Sin embargo, voy a hacer un esfuerzo por fijar ese paraje extraordinario que conocí, dónde he celebrado la unión a la persona que quiero, dónde he festejado, soñado, amado... Dónde me han brindado hogar y amistad. Me voy a agarrar con fuerza a ese recuerdo para mantenerte de esa forma. Vivo, fuerte, soberano. Así te preservaré.
Al pueblo de Pelayos de la Presa y a la Sierra Oeste. Mi refugio sagrado.






